Morbo en Berlín
Estamos en la ciudad más moderna de Europa, Berlín. Salí dando un portazo del hotel y bajé a comerme el desayuno continental. Las vacaciones no son lo que había imaginado. Tan sólo cuatro días nos habían bastado desde que llegamos a Berlín para darnos cuenta de que no podíamos estar juntos porque no hacíamos más que pelearnos.
Ante mi segunda napolitana, estaba apoyado en la barra sabiendo que tenía que tomar un decisión. Un deseo de venganza emanaba de mi interior. Posiblemente la mejor solución fuera separarnos, seguir el camino cada uno por su lado y hacer nuevas amistades. Pero, todos sabemos, aunque nunca cuando ocurre, que el azar reparte sus cartas caprichosamente.
Poco después estaba paseando por la ciudad sin rumbo, por la zona de Alexanderplatz. Hasta que el claxon de un coche me hizo mirar hacia atrás, la descubrí en ese momento. Salía de una tienda de moda poniéndose una gafas RayBan de sol, y se alejó por el bullicio de la gente a grandes pasos y haciendo resonar los tacones de aguja. Llevaba una blusa blanca de seda con un sujetador negro que se le transparentaba (principios básicos de morbosidad), unos shorts vaqueros desgastados tan cortos que parecían un bikini. La vi marcharse a lo lejos, con una melenaza rubia que le llegaba hasta donde la espalda pierde su nombre e instintivamente tomé la decisión de seguirla, sin rumbo fijo.
Caminé un par de calle tras ellas embobado, con el solo objetivo de observar sus piernas y la transparencia de su sujetador. Hasta que cuando llegamos a Jannowitzbrücke se sentó en la terraza de un Spöti. Yo me senté en el de enfrente y aún no sabía que hacer. Cruzó las piernas y se estaba bebiendo una Berliner Pilzsner. Dos minutos después se sentó un hombre a su lado y empezaron a charlar y reirse.
Se levantaron y los seguí de nuevo tras sus pasos. El hombre la cogió con suavidad de la mano. Caminamos hasta cuando llegamos a un bloque de pisos en la que se accedía a través de un patio, entraron en por una puerta que daba al patio y me quedé medio escondido detrás de un contenedor. Observando la puerta por la que habían entrado.
Ya me iba a ir cuando escuché un respiro apagado en el interior del edifcio, me atrajo como la miel a las abejas. Me asomé por una ventana y ahí estaban los dos desnudos sobre una cama. Ella a horcajadas encima del hombre que estaba inmovilizado por los brazos de ella. Con su larga melena rubia le acariciaba la mejilla. Movía las caderas con suavidad, con el empuje necesario, como el vaivén de las olas de una buena playa de surf. Ese vaivén se fue acelerando hasta que ya no era una playa de surf, sino el pedaleo de un ciclista en una crono hasta que ella dejó escapar un gemido que sonó a triunfo, a ansiedad, a descarga de adrenalina y estrepitosamente se desplomó sobre su amante moviendo la pelvis frenéticamente.
Tal como imaginé salió un rato a solas después, caminando con decisión esta vez sin tacones. La seguí de nuevo, y cuando entró en el hotel Ritz Carlton yo lo hice detrás. Le vi recoger la llave en recepción y meterse en el elevador. Subí corriendo por las escaleras. No podía reprimirme. Alcancé a ver como habría la puerta y llegué a tiempo para ver como la cerraba.















