El silencio amoroso de Sofía


“¡Dios mío, Diós mío, Dios mío!”, decía religiosamente Eva cuando explotaba de placer. “Buaaa buaaaa” (onomatopeya del llanto), susurraba Alcora cuando más disfrutaba en la cama. “¿Te pego?, me ofrecía Charlotte.“Dentro no por favor, dentro no por favor” me advertía la precavida italiana. “¡Ay!” era el simple canto de sirenas de Patricia cuando llegaba al cielo. “¡Arghshshsgahaaagahsgh!” lanzaba a los cuatro vientos y a los 6 mares la increíble Natalia. “¡Más, más, más, más!” redoblabla como si fuera un tambor la olvidada Laura. “Hijodelagranputa, cabronazo” me insultaba Elena cuando yo me iba. “No pares, no pares, no pares” me ordenaba imperativamente María. “Ya llego, ya llego, ya llego, ¡Yaaaaaa!”, me iba avisando Gemma. Un suave “mmmmmmmmmmmmmm”, era el clamor triunfante de Carmen. “Hazlo donde quieras”, me ofrecía la pornográfica Vanesa. “Vayámonos al mismo tiempo” era el deseo de Eugenia. “Como te vayas te mato, cabrón”, me amenazaba Edurne. “¿Te pego?, me ofrecía Adriana.   “Grrrrrrrrrrrrrrrrrr” era el ronroneo gatuno de Marta.

¿Y Sofía?, Sofía no decía nada. Ni imitaba a ningún animal, ni evocaba a ningún Dios, ni me ordebana nada, ni me advertía lo más mínimo, ni me insultaba ni me ofrecía. Nada, callada como si no hubiese pasado nada. Yo no entendía si le había gustado o no, si había llegado al orgasmo o se había quedado a medio camino, si quería que aguantara un poco más o los quería más rápido, si le apetecía cambiar de posición o si quería que hiciéramos algo especial. Le preguntaba y como si nada, ni siquiera me sugería que siguiera, nunca sabía como interpretarla. Nunca gritaba ni gemía. Nada de movimiento ni aspavientos, ni señales ni sugerencias. “Dime si al menos te gusta” le espetaba yo y siempre volvía a mostrarme la misma sonrisa que no dice nada. ¡Ni siquiera cerraba los ojos!, algunas veces casi me asustaba. Mis amigos me decían que era una sosa, que pasara de ella.

Un día ante mi insistencia me dió por fin una respuesta: muchas mujeres suelen fingir los orgasmos, yo soy la única mujer en el mundo que nunca lo finjo. De hecho casi siempre tengo al menos tres orgamos y a veces muchos más.

Entonces llegamos a un acuerdo. Le pedí que me dijera cuando llegaba al final, que me hiciera una señal y así yo sabría si estaba obrando bien o no cuando le hacía el amor. Ella aceptó a regañadientes. A partir de entonces, cuando lo hacíamos, al poco tiempo de empezar, con los ojos abiertos e inexpresivos me levantaba el dedo índice. Eso significaba que había llegado una vez. Poco después, a los dos minutos ya me levantaba el dedo índice y corazón, y no se demoraba mucho en añadir el anular a la colección. Era la chica más orgásmica con la que había tenido una relación. En ocacasiones también levantaba el meñique y el dedo gordo, entonces ya íbamos por cinco. Una vez llegó a necesitar dos dedos de la otra mano.

Mi incredulidad iba in crescendo, no sabía si creerle o no. Aunque por otra parte ¿por qué seguiría manteniendo relaciones conmigo?. La explotación masculina es muy clara, tremendamente explícita. En cambio, aquello que ocurre en el secreto femenino, es tan oscuro e inesperado, tan fácil de mentir y de fingir… Me acuerdo que Natalia lo hacía a grandes mares, casi como un hombre, pero por lo general solo los aspavientos, las lamentaciones, los gritos, los alaridos, palpitaciones y sudores me alertaban de que yo había cumplido con mi función y estarían satisfechas. En cambio, Sofía y sus no señales me provocaba desazón, inquietud.

“Si lo que quieres es que grite pues grito” me ofreció Sofía para tranquilizarme. Desde entonces grita, chilla como una desposeída. No logró tranquilizarme. “Lo siento, lo dejo, no puedo más”, no he conseguido olvidarla.

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buscarpareja September 8, 2010 at 17:50

Me encantan los relatos de amor que se publican en esta sección

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