Amor en internet, la perfecta historia de amor


X e Y estaban solteros y encontraron el amor por internet casualmente, ahora son la pareja ideal sin necesidad de escribirse postales de amor o usar páginas de contactos.

X e Y se conectaban todas las noches, tenían un horario, la medianoche a través de Internet. Hacía unos meses se habían conocido en un chat sobre freaks de Star Wars pero enseguida se dieron cuenta que no solo era Star Wars lo que les unía: Murakami, Paul Auster, Stanlez Kubrick, Pink Floy o la lomografía eran algunas de las pasiones que les unía. Entonces decidieron pasar al siguiente nivel y ella le incitó a hacerlo a través de Skype. “Así podríamos vernos al mismo tiempo que estamos hablando”, le espetó. En un principio el se lo tuvo que pensar mucho porque tiene baja la autoestima. Le preguntaba qué pasaría si no fuera de su agrado, “¿tan feo eres?” le preguntaba ella intentando romper el hielo. El le confesó que no estaba acostumbrado a tratar con chicas de carne y hueso, se limitaba a usar los chatas y sus ligues no pasaban de ahí, no era un gran entendido sobre amor verdadero.

No se sintieron defraudados ni decepcionados la primera vez que se vieron en la pantalla de sus ordenadores. Después de unos pasos un poco embarazosos a causa de la impericia y la inseguridad del chico, sus encuentros nocturnos empezaron a tener un guión que siempre era el mismo, noche tras noche las mismas palabras de amor. Empezaba ella: ¿Quieres que me desnude?. “Llevo todo el día pensando en lo que vamos a hacer esta noche” decía él con la voz entrecortada por la timidez y el deseo. Mientras ella se iba despejando la camiseta al ritmo de “I don’t know what to do with myself” de The White Stripes, luego se quitaba el sujetador que normalmente era rojo o negro enseñando a la cámara sus pequeñas tetas con los pezones puntiagudos. Terminaba el éxito de The Whites Stripes y seguían hablando de vanalidades y de como les había ido el día a ambos, empezaba una canción de King Crimson. Entonces empezaba a desabrocharse los vaqueros o a despojarse del pijama hasta que dejaba ver el comienzo de sus bragas. Y se sabía de memoria todas las bragas de X, las de seda, las de algodón  o las que tienen motivos españoles. “Desde que me levanto no paro de pensar en tí, en lo que significa tenerte delante en mi pantalla, en lo que disfruto”, le decía él mientras ella seguía con su streptease.

Tras desprenderse de sus pantalones con un sutil y gracioso puntapié empezaba a bajarse las bragas, su prenda más íntima. Normalmente tenía el pubis rasurado: un triángulo perfecto, blanco y casi angelical. Tenía un lunar marrón justo en la parte derecha de su flor que lo hacía casi perfecto y único. Entonces la erección de Y era tan grande que empezaba a sentir ansiedad y se ponía nervioso. Mientras ella se acariciaba el sexo con firmeza al ritmo de Radiohead el empezaba a quitarse la camiseta de lunares, los pantalones que ya le molestaban y los infantiles gayumbos. Apenas se tocaba unos segundos para que una espuma densa, caliente y vertiginosa se derramara sobre las manos de Y. Al otro lado ella gritaba de pasión tras el sonido de The Doors y ella decía aun con jadeos: “Adiós mi amor, te quiero mucho, nos vemos mañana”. La pantalla de Y se apagaba.

Para ambos este tipo relación por internet les resultaban plenamente satisfactorias. De hecho, no parecían aspirar a nada más. El caso es que una noche de verano se cruzaron en una calle de su ciudad, no muy lejos de sus respectivos apartamentos. Él iba tan deprisa y ensimismado en la musica de su ipod que no la vio pasar. Pero ella sí que lo reconoció. No obstante, no quiso saludarlo. Era mucho mejor dejarlo así: sin compromisos ni riesgos ni contactos ni ataduras… Por otra parte, no le apetecía llegar tarde a su cita. Faltaban solo diez minutos para las doce, la hora mágica para los dos.

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