Treintas años pensando en la misma mujer

by buscarpareja on 20/08/2010


El legendario Hotel Lawrence Durrel de la ciudad egipcia de Alejandría hace homenaje a uno de los ciudadanos adoptados por la ciudad milenaria. En ella Lawrence Durrel basa la piedra angular de su bibliografía, “El cuarteto de Alejandría” con “Justine” a la cabeza, en la ciudad del norte de Egipto y donde desemboca el río Nilo.

Las jornadas de conferencias de pilotos de avión en el Hotel Lawrence Durrel son agotadoras. Se debate sobre la nueva nomenclatura en los manuales de los aviones, los nuevos y novedosos métodos  de aprendizaje para los nuevos pilotos en la escuela de Yokohama, los impresionantes aeropuertos chinos y un sinfín de redundancias que no van a cambiar para nada en el método de pilotar de los presentes en las interminables reuniones. Los comandantes Jaume San Juan y Lorenzo Gatti ya están extenuados tras las sesiones interminables del primer día. La cena en el japonés, el Sushi y las algas están exquisitos, no se alarga mucho. Jaume, natural de Barcelona adopta el papel de líder  y propone tomar un Daiquiri en el bar de copas del hotel. Docena y media de pilotos remolonean en el vestíbulo y unos minutos de duda general donde todos declinan la invitación alegando el enorme cansancio y el cansancio necesario para recargar pilas con el fin de estar frescos el día siguiente. El carisma de Jaume no evita el desastre y al final tan solo le sigue Lorenzo.

Apoyados en la barra ante un rebaño de sillones de madera de Teka en los que no se divisa ningún hospedado a la vista. Los dos pilotos degustan a gusto un Daiquiri de Bacardi con piña. Lorenzo además se enciende un Romeo y Julieta. Conversan sobre la última Champions League. Jaume, culé (no hay que pensar mucho para saber que siente amor por el Barça, reivindica el buen juego de Guardiola y sus súbditos y lo relaciona con la elegancia del vuelo de los flamencos. Lorenzo es del Inter, defiende el juego del catenaccio, y no duda en admitir que el juego de Mourinho es el fútbol más rocoso a la vez que eficaz. No consiguen ponerse de acuerdo.

El efecto del Daiquiri en sus cerebros acompañados con el cansancio hace que la conversación se derive inexplicablemente en la capacidad de seducción que tienen ambos entrenadores. Mourinho, prototipo de macho ibérico, es el Hombre con mayúsculas; Guardiola por su parte es todo elegancia y estilo, todo un figurín que hace babear a más de una y de uno.  Ambos coinciden en la capacidad que tienen que tener para conquistar mujeres y chicas en los numerosos viajes que hacen a lo largo del año, aunque ambos están casados y con hijos.

La palabra “señoras” y “chicas” abre la puerta a otra ronda, esta vez cambian el Daiquiri por un whiskey escocés. Deciden alejarse del chico de tez morena que atiende a la barra y se sientan en un rincón apartado en dos de los antiguos y majestuosos sillones en los que bien podrían haberse sentado Cavafis cuando era un enamorado en las calles de Alejandría. Mariposean hasta que aparece otra palabra clave: fidelidad. Jaume, divorciado, se declara un partidario de la promiscuidad y afirma haber tenido más de un docena de amantes durante su época de casado. Tenía una amante en todos los destinos de su compañía y a veces dos y desde que no tiene obligaciones matrimoniales su ratio de mujeres con la que comparte catre mensualmente no hace más que aumentar. Lorenzo por su parte, afirma que en los 20 años que lleva casado ha sido un marido fiel y jamás tocó a otra mujer.

-Nunca he engañado a Caterina-asegura, ante la cara de espanto de Jaume, que le interpela con tres jamases interrogativos que Lorenzo responde con tres jamases afirmativos-.Aunque…

Ese “aunque” resulta muy prometedor y el morbo se apodera del ambiente. Ese “aunque” deriva en la confesión de Lorenzo de que cada vez que hace el amor con su mujer necesita pensar que lo hará con otra para motivarse. Una conocida, una amiga o simplemente con quien acaba de cruzarse en el ascensor. Jaume se ríe y suelta una expresión en catalán. Esta confesión le parece entrañable y le da un trago al whiskey y se prepara para corresponderle a su colega.

-Pues a mí me ocurre lo contrario –asegura fuertemente, cambiando de postura-. Siempre he sido un mujeriego, pero… –vuelve a cambiar de postura.

Lorenzo nota que lo que le va a decir no se lo ha contado nunca a nadie, quizá él sea el primero.

Ese pero, adornado de tristeza y melancolía da pie a una confesión mucho más íntima si cabe. Con la morosidad de quien admite ante el cura que ha tenido pensamientos impuros durante la pubertad, Jaume revela su propio secreto: se vaya con quien se vaya a la cama, en su mente siempre acaba pensando en la misma chica que le abandonó hace más de treinta años y sobre la que sigue sintiendo amor verdadero. Se llamaba Eva.

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